Un día el destino los unió y entonces la última carta que ella escribió él la vio. Se hizo el indiferente, como si no le importara los sentimientos de ella, como si no sintiera nada. Mientras ella la pasaba mal y lloraba pensando que a él no le importaba. Y eso pensó hasta el día que quiso hace una carta más, pero él no la dejó. Todo había comenzado mal. Pero luego él le entregó una caja, una caja llena de papeles, esos papeles eran cartas. Cartas de amor. La primera carta tenía la misma fecha en la que ella comenzó a escribirle cartas. Esa fecha fue cuando por primera vez cruzaron miradas. Miró todas las cartas, pero ninguna tenía destinatario. Hasta que vio la última. En la última, tenía la misma fecha en la que ella escribió su última carta. No las leyó todas atentamente, no le agradaba la idea de leer cartas de amor de un hombre que ama pero esas cartas no eran para ella. Eso pensaba. Eso pensaba hasta que vio la última carta. Por curiosidad la leyó atentamente toda. Era la carta más larga de todas las que había. La leyó bien atenta, esperando encontrar un nombre, y lo encontró. Encontró el nombre menos pensado para ella. Encontró su nombre. Su nombre era el destinatario de todas las cartas de amor.
Desde entonces, transcurridos ya varios años, no paran de mandarse cartas de amor. Se escriben como si aún fueran esos adolescentes que se escribían sin saber que algún día el otro las leería. Sin saber que desde la primera carta escrita ellos se querían.